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¿Visitantes o invasores? La privacidad después del parto

25 de noviembre de 2015
Tania Dueñas*
 
Inmediatamente después del parto, la madre habitualmente se siente exhausta, adolorida y excitada a la vez por el efecto del increíble trabajo de las hormonas. Ante esto, es importante tomar las cosas con calma.  No se recomienda recibir visitas durante las primeras horas, ya que es fundamental preservar este espacio para que mamá, papá y bebé se conozcan, establezcan el vínculo afectivo y se repongan del gran impacto emocional que representa el nacimiento.
 
El recién nacido es sumamente sensible al tacto y al olfato, por eso es vital que tenga el contacto piel con piel con la madre, para el reconocimiento y establecimiento del vínculo, así como también con el padre.  Los ruidos intensos, el televisor, los celulares, los flashes de las cámaras, las voces extrañas, etc., causan una sobreexcitación en el bebé que pueden generar llantos inconsolables durante la noche, después que ya se fueron las visitas y cuando la madre necesita, principalmente, descansar.
 
Los recién nacidos generalmente duermen profundamente la mayor parte del día y sólo se despiertan para alimentarse.  Durante este tiempo, sus sentidos están en estado de alerta máxima y todos los estímulos, sonidos, voces, aromas, texturas, etc., son parte del aprendizaje intenso de cosas nuevas que le producen un natural cansancio.  Además de esto, el bebé trabaja muy intensamente para adaptarse a la vida extrauterina empezando por la sensación que experimenta su cuerpo a la fuerza de gravedad que no tenía en útero por encontrarse contenido dentro del líquido amniótico y los sonidos suaves del cuerpo de la madre.  Frente a estos cambios, cuando necesita una descarga para todas estas tensiones, es habitual que el bebé llore.  Por lo tanto, es normal que los recién nacidos lloren entre 2 y 4 horas por día.
 
El post parto o puerperio, es el tiempo en que la madre necesita hacer cuatro cosas que nadie más puede hacer por ella.
 
1.  Descansar y recuperarse físicamente del embarazo y el parto.
 
2.  Alimentarse bien.
 
3.  Dar de lactar al bebé, fortalecer el vínculo y adaptarse a su maternidad.
 
4.  Cuidar de su higiene personal.
 
El resto de cosas que rodean el hogar, lo pueden hacer el esposo, las hermanas, abuelas, amigas y aquellas visitas que muchas veces son para la madre –aunque no se atreva a decirlo- una especie de “invasores” a quienes quizá preferiría no ver.  Esto es un sentimiento normal que debe ser comprendido y respetado por el entorno familiar y amical.
 
Debe tenerse en cuenta que el cuerpo de una madre ha sufrido muchos cambios durante el embarazo y el parto.  Necesita restablecerse y recuperarse de ambos, con un descanso sin horario y alimentación balanceada de acuerdo a sus necesidades y exigencias.  En las primeras semanas, una madre necesita que la releven de toda otra responsabilidad que no sea la de alimentar al bebé y de cuidar de ella misma.  En ese momento, algunas madres no quieren recibir visitas, a pesar de que éstas lleguen con la mejor de las intenciones, cargadas de un sinfín de recomendaciones sobre cómo hacer mejor su trabajo de madre; pero, es posible que lo único que logren sea hacerlas sentirse invadidas, incómodas, poco respetadas, con un sentimiento de compromiso forzado a mostrar una calma y condescendencia que no corresponde a su estado de ánimo real.
 
Esta es una etapa sumamente especial en la que las mujeres salimos de la rutina del mundo externo, profesional, cotidiano y nos introducimos en un universo íntimo,  primitivo e instintivo. Experimentamos sentimientos ambiguos o encontrados, dudas y emociones dramatizadas o hasta excéntricas, al punto de hacernos sentir locas, pero son tremendamente reales.
 
Puede ser el primer, segundo o tercer hijo, pueden ser mellizos, trillizos y que cada uno tenga una nana; pero la mujer, aquella madre recién nacida, necesita reconocerse, encontrar su verdadera naturaleza, su propia música, su nuevo ritmo, sus propios instrumentos y sentirse segura que no está sola en esta orquesta, que de algún modo estamos todas las madres, porque todas pasamos por lo mismo en pequeña, mediana o gran medida.
 
Una vez en casa, la madre se enfrenta a diversas situaciones de tensión: el temor que genera la responsabilidad de esa nueva vida, el dolor por el parto o cesárea, la impotencia de escuchar a su bebé llorar y que nada de lo que haga lo calme, los primeros cambios de los pechos por la subida de leche, la increíble e inexplicable ola invisible de emociones que salen desde adentro y se transforman en llanto, la sensación de soledad, el no saber a quién hacer preguntas por temor o vergüenza de sentirse incomprendidas o malinterpretadas; y, eventualmente, no tener a alguien que entienda y respete su estado de ánimo, producto de todo este cúmulo de sensaciones.
 
A todo esto le sumamos las visitas. Durante todo el embarazo, la familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y más, participaron de una u otra manera en el proceso, y puede suceder que la llegada de éste bebé traiga también una especie de euforia colectiva, donde todo el mundo quiere verlo, tocarlo, cargarlo, besarlo, hacer todo tipo de comentarios, sugerencias y recomendaciones, dejando a la madre un poco de lado y traspasando a veces la barrera del respeto y la necesidad de esta mujer por su espacio íntimo, incluso esperando que se levante a atenderlos, que tenga la casa limpia y ordenada y a los hijos mayores bien arreglados.  Pero las madres no deberían sentirse obligadas a ello.
 
Le digo a las madres que acaban de dar a luz: “No tengas inconveniente en disculparte para ir a tomar una siesta si te sientes agotada, si deseas alimentar a tu bebé en la intimidad, o si simplemente no tienes ganas de ver a nadie.”
 
Es normal que la puérpera se sienta desbordada con la cantidad de cosas que debe aprender día a día, todas al mismo tiempo; y, por ello, necesita que sus familiares o amigos más queridos estén a su lado, pero a la vez, que la comprendan, respeten y ayuden a superar este momento que es una prueba de su capacidad emocional.
 
 
Sería de gran ayuda que las visitas lleguen no sólo con regalitos para el bebé, sino también con la disposición para colaborar con los quehaceres del hogar como la cocina, la limpieza, el lavado y planchado de ropa, las compras, entretener a los hermanitos mayores que a su vez están con toda la curiosidad por el nuevo miembro de la familia y al mismo tiempo requieren atención de mamá, es decir, a ayudar en lo que fuera necesario y esté a su alcance.
 
El nacimiento de un bebé, más allá del acontecimiento familiar y social, representa la llegada de un ser humano que merece el mayor respeto, amor y admiración por el extraordinario trabajo que ha hecho junto a su madre durante los 9 meses del embarazo y el proceso de parto, para que ambos tengan una buena recuperación y adaptación a su nueva vida.
 
Es importante que exista, previo al nacimiento, un acuerdo entre la madre y el padre sobre lo que ella espera o desea para su retorno a casa con el bebé y sus primeras semanas de adaptación.  El rol del padre es fundamental, si se involucra desde el principio, con su participación activa en la preparación prenatal, su presencia durante el trabajo de parto conteniendo a la madre y al bebé, porque logra ser parte de la relación y desarrollar tempranamente su instinto paterno.  De esta manera se convierte en el principal soporte de la madre, utilizando una serie de herramientas para cuidar su hogar, como por ejemplo, el establecimiento de un horario de visitas de acuerdo al ritmo que vayan tomando la madre y el bebé o simplemente pedir que llamen por teléfono (porque van a necesitar esa privacidad para una adecuada adaptación los primeros días), hasta el compromiso de colgar una foto en las redes sociales para que por ese medio conozcan a su bebé.
 
El deseo de privacidad durante las primeras semanas posteriores al parto es normal, y hasta necesario.  El contacto con quienes están alrededor de esta familia debe darse con tiempo y con calma.  Finalmente, se trata de una vida que recién empieza.   
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